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El cine según Ignacio Agüero

En Kumonosu-jō”, la adaptación cinematográfica que Kurosawa hizo de Macbeth en 1957, el director japonés conserva las ideas sobre la sed de poder de la tragedia de Shakespeare, pero se toma libertades creativas fascinantes. Entre ellas, la forma en la que muere el protagonista, y el inesperado paso al centro que da el bosque frente al castillo en que sucede la acción principal. En la cinta de Kurosawa, el Bosque de las Telarañas es un laberinto que juega con la orientación de quien lo visite (sea a pleno sol, con torrentosa lluvia o gruesa niebla) y el hogar de espíritus que las hacen de oráculo cada vez que quieren entretenerse con los mortales.

“Al comienzo de la película, cuando los generales van camino al palacio, hay una escena en la cual se pierden en la niebla y galopan hacia allá y hacia acá mucho rato”, explica Ignacio Agüero entre sorbos de café. “Esa secuencia no es necesaria para la historia, y sin embargo le da todo el sentido a la película. Es preciosa. Es una cosa que uno podría cortar y la historia funcionaría igual, pero ahí es donde el cine está ocurriendo”.

Creo que entiendo, pero de todas maneras le pido que me explique porque parece que estamos llegando a algo importante.

“El cine ocurre cuando hay imágenes que no son funcionales a la narrativa de la historia lineal. En ‘Cómo me da la gana II’, por ejemplo, hay una historia mínima que se usa para dar vuelta sobre lo mismo, porque no hay avance, no hay urgencia, no hay suspenso. Hay simplemente una exploración”.

Ahí está. Llegamos.

En “Como me da la gana II”, el director nacional se entromete en filmaciones para preguntarle a colegas contemporáneos (Pablo Larraín, Marialy Rivas, Alicia Scherson) qué es lo cinematográfico en las películas que están haciendo en ese momento. Y aquello es sólo un punto de partida para la búsqueda de la respuesta a esa cuestión en su propia carrera filmográfica, con más de 35 años de extensión.

Mientras la película se exhibe en la Alianza Francesa de Concepción, Agüero accede a 10 minutos de conversación -que terminarán siendo 40- en el café del local.

-Si en la primera parte de esta cinta las preguntas nacían de no saber qué película hacer después de “No Olvidar” (1982), en esta segunda parte hay una pregunta -una búsqueda- sobre la forma, lo estético.

-Es una película que indaga en los otros y en mi propia historia sobre una preocupación que me interesa a mí y a nadie más: qué es lo cinematográfico. Lo propio del cine es lo que me ha motivado a hacer las películas del modo en que las he hecho, desde la primera, aunque entonces no tuviera consciencia de eso.

Agüero le hace la pregunta a sus pares en medio del ajetreo de una locación en pausa entre escenas, donde parece difícil que pueda encontrar una respuesta acabada. Hace la pregunta una vez y se va. Y, aunque logra conseguir reflexiones interesantes, no parece preocuparle mucho la profundidad de la respuesta de sus entrevistados sino la dedicación que ponen en ella.

“La respuesta no interesa”, ha dicho Agüero. “Lo que la pregunta permite es prolongar el tiempo de la estadía”.

De qué se trata

Agüero no trabaja temas, porque hacen de la imagen la esclava de una idea. Sus cintas son lecturas de un espacio: en “No Olvidar” eran los hornos de Lonquén, y en “Cien niños esperando un tren” era la capilla en que Alicia Vega hacía su taller de cine para infantes. Al obsesionarse con cada detalle y persona que ocupa un lugar, termina contando acabadamente qué sucede en todos sus rincones y crea un mundo o -mejor dicho- lo acerca. Lo abre. Despliega la imagen.

“Yo creo que las películas que se detienen a mirar dónde estamos parados, que se pierden, se parecen más a la vida que las películas que dicen imitar la vida, como la dramaturgia aristotélica”, explica el documentalista. “Mis películas son la conducta del vago, del que no tiene misión ni propósito más que capturar el tiempo. Del que no va a ninguna parte, del que no quiere decir nada”.

Y cuando uno calla, el otro puede hablar.

«Desde su origen, el cine no es narrativo. La historia se agrega al cine, pero no está en su naturaleza»

En el conversatorio luego de la exhibición de “Como me da la gana II” en la Alianza Francesa, uno de los espectadores le dice a Agüero que no sabía para dónde iba su película y que en un punto se había aburrido. “Está bien porque cuando uno sabe inmediatamente para dónde va la cosa, está viendo un cliché”, le responde el autor. “Pero si uno no tiene mucho de adónde agarrarse, empieza a pensar”.

Es casi como lo que decía Raúl Ruiz en su “Poética del cine” (1995) cuando hablaba de películas con una elevada calidad de aburrimiento: cintas como las de Tarkovsky, Ozu y Snow -decía- provocan “un intenso sentimiento de existir, aquí y ahora, en un reposo activo”. En esa misma recopilación de textos, Ruiz postula que la teoría del conflicto central ha derivado en un sistema normativo que debe ser cuestionado, básicamente porque la vida no posee esa estructura narrativa. De hecho, difícilmente posee estructura en absoluto.

“Preguntarse de qué se trata el cine es bueno”, complementa Agüero. “Y yo creo que se trata justamente de capturar imágenes y tiempos (con sus particularidades de luz, color, sensación, atmósfera) en asociación con otras imágenes”.

“En ese sentido, lo que el cine hace no es distinto a la experiencia humana cotidiana, que es andar todo el día mirando cosas y pensando y recordando y asociando. Esta relación es un descubrimiento que hice mientras hacía esta película. Las personas no controlan las imágenes que les vienen a la cabeza: te acuerdas de cosas, piensas en cosas, todo son imágenes sin un editor que medie”.

-Incluso en los sueños, aparecen imágenes terribles que son involuntarias.

-Y ¿sabes por qué? Porque es posible. Todo lo que uno imagina es posible.

Teoría del cine

“Desde su origen, el cine no es narrativo”, subraya Agüero. “El cine es simplemente la revelación de momentos: de lugares y de tiempos. Pero se convierte en narrativo cuando algunos se dan cuenta de que la imagen sirve para contar historias. La historia se agrega al cine, pero no está en su naturaleza”.

Por eso le preocupa el despliegue de la imagen (como fin), por sobre la imagen como recurso (como medio) para tratar un tema. Lo que no significa que sus cintas no tengan estructura ni forma.

“Yo hago una película cuando tengo el diseño, lo cual significa que no tengo la película [armada], no sé cómo va a ser, pero tengo un diseño que me lleva a saber dónde y cuándo filmo, aunque en el camino van saliendo otros tiempos y otros lugares”. Otros momentos.

Frente a la cámara

Además de cineastas como Christopher Murray, Niles Atallah y Cristián Jiménez, para “Como me da la gana II”, Agüero entrevistó a Macarena Aguiló mientras hacía “La Causa” (2014), a Pepa San Martín cuando filmaba su excelente “Rara” (2016) y a Sebastián Lelio, en medio del rodaje de “Una mujer fantástica” (2017). En estos casos, aclara el director, la exclusión fue por un criterio puramente estético.

Mientras el registro de la entrevista con Lelio no quedó bueno técnicamente, el resto no entraba en el ritmo de la película. “Se iba para otro lado, no quedaba bien. Aunque estaban bien las conversaciones, pero son cosas del montaje”.

Y si bien cada entrevista era realizada a modo de asalto, el momento en que Agüero habla con José Luis Torres Leiva es uno especial en la película: ocurre mientras Torres Leiva graba “El viento sabe que vuelvo a casa” (2016), un falso documental sobre la realización de la primera cinta de ficción de Agüero. El director ya ha aparecido en cuatro películas de Torres Leiva, contando ésta y el mediometraje documental “¿Qué historia es ésta y cuál es su final?” (2013), en el que conversa sobre su filmografía con su montajista Sophie França.

Pero esta serie de colaboraciones no representan un debut al otro lado de la cámara para Agüero.

«Cada película es un organismo que se va revelando a sí mismo»

Conocidas son sus apariciones en obras de Raúl Ruiz, como la serie documental “Cofralandes” (2002), la cinta “Días de Campo” (2004) y el protagónico en la mini serie “La Recta Provincia” (2007). En esta última, Agüero es Paulino, el hijo tonto y sin memoria de Rosalba (Bélgica Castro), con quien se embarca en un viaje lleno de espíritus, demonios e historias dentro de historias para armar el esqueleto de un pobre cristiano cuyos restos están repartidos por la zona. Es una producción bastante ruiciana, hasta para los estándares de Ruiz, y Agüero estuvo al centro de esa experiencia.

-¿Cómo era el trabajo actoral que hacía Ruiz?

-Raúl lo que hacía era elegir a los actores y se basaba en lo que son. Sabiendo que su cine no es de sicología, no requiere historia ni motivos de los personajes, tampoco les pide técnicas tradicionales de actuación. Los personajes son entidades. Cuando trabajé con él, era interesante cómo uno se iba convirtiendo en un elemento de un diseño más grande. Y él, concretamente, no es que dé muchas indicaciones, porque le gusta ver cómo los actores se mueven según cómo son. Ahora, si no le resultó el actor que eligió, vendrá otro y trabajará con ése, y juega con él y lo usa. Uno siente que está siendo parte de una composición suya.

-¿Trabajaba con guiones?

-En la experiencia mía en “La Recta Provincia”, tenía un guión detalladísimo. En la escritura estaban sólo los diálogos, una cosa continua (sin separación de interior, día o exterior, noche). Ocurren los hechos y los diálogos son como una canción que no termina nunca. Se pensaba de él que improvisaba, pero curiosamente le interesaba mucho la fidelidad al texto y a las palabras. No había posibilidad de decir otra cosa, y es bonito eso porque él está construyendo un ritmo muy preciso con ese texto.

-Supongo que tendría que ver con su empeño en explorar y proyectar esa identidad del campo chileno

-Proyectarla y buscarla al mismo tiempo. Construirla. Porque tú ves “La Recta Provincia” y no es que esté mostrando una identidad, la está fabricando en base a elementos de la tradición, del folklore, de los cuentos, y hace una cazuela con eso. Entonces se está divirtiendo, que es lo que más le interesaba. Se divertía pensando en las películas, porque Ruiz usaba las películas para pensar.

-¿Hay algo que haya aprendido de Ruiz y lo use en su propio cine?

“Como me da la gana II” tiene que ver con Ruiz. No porque sea una película ruiciana, sino que se relaciona con el hecho de que lo haya conocido y me haya acercado a su cine. Tiene mucho que ver con la libertad de trabajo, la idea de juego, cosas que tenía de antes pero se potenciaron cuando lo conocí. La idea de no trabajar un tema sino que cada película tiene su teoría, de que cada película es un organismo que se va revelando a sí mismo.

Por | 2017-07-18T00:35:37+00:00 Julio 18th, 2017|Sin comentarios

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