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Un dinosaurio llamado rock

El rock, en términos prácticos, está muerto. La aseveración es del crítico y ensayista norteamericano Chuck Klosterman, y no tiene el carácter provocativo nietzscheano de la canción de Marilyn Manson, sino que es un diagnóstico realizado a partir un evidente síntoma.

En su libro “But what if we’re wrong”, el autor señala que el rock ha completado su trayectoria histórica debido a que ya no es simbólicamente importante y no tiene mayor potencial creativo ni un lazo específico con la cultura juvenil (actualmente más orientada al EDM, al Hip-Hop y a sus intermedios).

Tal como con el mariachi, “siempre habrá un puñado de músicos haciendo rock”. Y, como el mariachi -o las marchas militares-, es algo que “siempre subsistirá, pero no representará otra cosa que a sí mismo. Y si algo sólo se puede significar a sí mismo, no tiene mayor relevancia”.

La conclusión de Klosterman es que en unos 300 años, si bien habrá gente que sabrá que el rock existió y fue importante, nadie tendrá mucha idea del detalle a menos que se dedique a estudiarlo específicamente (como sucede hoy con la música clásica e incluso el jazz).

Para el público general, el rock tendrá una o dos caras visibles (según Klosterman, los candidatos de portavoz del rock se reducen a The Beatles, Chuck Berry, Elvis Presley o Bob Dylan). La parte se volverá el todo, y el rostro será sinónimo del estilo, tal y como José Alfredo Jiménez es representativo del mariachi, John Philip Sousa lo es de las marchas militares, y -más que probablemente- Bob Marley lo será del reggae.

Esta predicción no resulta tan antojadiza si observamos la actual tendencia a mezclar géneros que anteriormente estaban definidos y separados entre sí por cortinas de hierro. Es un dolor de cabeza para los puristas y los obsesionados con la categorización taxonómica de los géneros, pero la fusión estilística es algo tan antiguo como natural.

El rock and roll mismo nació de una mezcla de blues, folk, country, rythm and blues y góspel, entre otros géneros previamente conocidos de forma separada. El error purista es creer que el rock -y que el estado actual de las cosas- es el final del camino y que no queda más evolución por alcanzar.

Por supuesto que la idea de que todo lo que valoramos en la cultura (como el rock) esté destinado a desaparecer para dar lugar a algo nuevo, creado por y para las nuevas generaciones, produce buena parte de vértigo. Porque si desaparece lo que nos importa y nos define culturalmente, ¿qué quedará de nosotros?

Por Antonio Garrido/Camila G.

Cuando terminó el show de El Cómodo Silencio De Los Que Hablan Poco, el pasado viernes 19 de mayo en el contexto del Balmarock, me quedé justamente pensando en ello. La banda me había sonado a muchas cosas que escuchaba cuando tenía la edad promedio de quienes atendían al concierto, básicamente adolescentes, sin coincidir (estereo)típicamente con un género específico.

En vivo, El Cómodo alcanza el noise de Sonic Youth, tiene las guitarras y las líneas vocales de American Football y Galaxie 500, estructuras cercanas al post-rock mezclado con punk, y pasajes que me recordaban más o menos literalmente a la producción de Deftones y la composición de Foo Fighters (¿nadie más escucha un guiño al coro de “My Hero” en “Despedida”?). Todo decorado con toques de folclore en algunas guitarras y redobles, y una actitud emo punk que vocifera la teenage angst propia de la edad.

Este eclecticismo es la muestra particular de un proceso general que sólo se ha ido acelerando con el tiempo. Pronto el género A se mezclará con el género B, y crearán el género C que se fundirá con el F, que a su vez nació de la mezcla entre D y E. Luego, la mixtura de estilos seguirá de forma exponencial.

Esto es a la vez aterrador y estimulante: ¿cómo ha de sonar la música que oigan los adolescentes en 600 años? No voy a tener forma de saberlo, y tengo claro que cualquier conjetura que haga será 6 veces más ridícula que las predicciones que la gente de 1910 hizo sobre nuestra era.

El rock no está muerto aún, y de ello es prueba El Cómodo (y sus fanáticos adolescentes), pero gradualmente irá sacrificando su protagonismo para disolverse en el éter. El rock no se destruirá, sino -y esto sí es una provocación nietzscheana[1]– será transformado hasta lo irreconocible, hasta la invisibilidad completa, y en la muerte encontrará su inmortalidad.

Por Andrés Pereira

 


[1] Para Nietzsche, básicamente los humanos eran un puente entre el mono y el Übermensch (alemán para “hombre superior”), quien abandona el yugo de los valores cristianos para llegar más allá del bien y el mal (nihilismo) y reconcilia lo apolíneo con lo dionisíaco. Para efectos de este texto, hago un paralelo entre el rock y los humanos, y la música del futuro y el Übermensch.
Por | 2017-06-19T14:29:52+00:00 Junio 19th, 2017|1 comentario

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Exagerar es lo mejor del mundo.

Un comentario

  1. sebastian valenzuela Agosto 25, 2017 en 8:04 am- Responder

    Buen análisis, es verdad, estamos en el fin de una era, ahora tiene que aparecer algo potente como el rock, ¿cuanto habrá que esperar? saludos

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