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“La Isla de los Pingüinos”: metáforas cojas

Una gran injusticia para el cine chileno es exigirle factura hollywoodense a un proyecto realizado entre fondos, créditos y pocos auspicios. Esa precariedad de la “industria” que supuestamente permitiría generar una identidad estética, la mayoría de las veces solo limita la fineza con que se pueden llevar a cabo las ideas, especialmente cuando se trata de filmes con vocación masiva.

Aquel es el caso de “La Isla de los Pingüinos”, el segundo largometraje de Guillermo Söhrens, y que fue la cinta elegida para abrir la sexta versión del Festival BioBioCine.

El protagonista de la cinta es Martín (el youtuber Lucas Espinoza), un introvertido estudiante de un colegio particular subvencionado de la capital, que se ve envuelto en la Revolución Pingüina del 2006 cuando decide sumarse a la toma de su establecimiento. Sus razones son dos: la oficial es aplicar sus conocimientos de cineasta aficionado para documentar el movimiento en su colegio, y la privada es acercarse a Laura (Rallén Montenegro), una amiga de infancia que hoy es la presidenta del centro de alumnos de su colegio.

La toma será una instancia de roce social informal con sus compañeros, -a quienes a veces ni siquiera ubica de nombre-, pero también servirá para que Martín aprenda a mirar más allá de su subjetividad y logre entender las problemáticas que afectan a su comunidad y al país en que vive. El camino del protagonista, en ese sentido, viene a ser una metáfora del que siguió la sociedad chilena gracias a esta primera reactivación de la lucha social en democracia.

El largometraje quiere ser un comentario político desde la forma de un coming of age hollywoodense, y al buscar encajar en ese estilo, su guión muchas veces cae en la prédica directa o en la utilización de diálogos metafóricos donde el referente textual es pasado por alto, como si sólo importara el significado simbólico de la conversación para que la figura literaria funcione. Por ejemplo, hay un diálogo que busca hacer un paralelo entre arreglar una radio y sanar una dinámica social, pero que nunca logra explicar cómo funcionan sus circuitos o en qué se parecen a la sociedad.

Y aún peor: hacia el final hay un punto clave en la historia, donde la vida de uno de los personajes es puesta en juego en una escena que debería ser dramática, pero que resulta inverosímil debido a la unidimensionalidad que el personaje mostró durante toda la película.

A pesar de baches como esos en el guión, las actuaciones funcionan en general e incluso hay algunas que resultan excepcionales, como los casos de Rallén Montenegro y la talentosa Paulina Moreno, quien hace de Lauri el personaje secundario más inolvidable de la cinta. Y, aunque el trabajo de cámara no siempre tiene una idea clara de lo que quiere hacer, por suerte funciona bastante bien en los momentos climácicos de la película.

Es bastante injusto comparar una cinta hecha en el contexto chileno con las producidas en la megaindustria norteamericana, pero cuando una película busca caber en ese mismo nicho en espíritu y forma, es algo inevitable. El público, eligiendo qué ver en las salas de cine, hará la misma comparación.

Por | 2018-04-22T15:53:41+00:00 Abril 22nd, 2018|Sin comentarios

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