“Perro Bomba”: las caras del racismo

Steevens (Steevens Benjamin) no puede confiar en casi ningún chileno. Y los pocos con los que puede contar, no tienen el poder para ayudarlo realmente. “Perro Bomba”, la ópera prima de Juan Cáceres, sigue la caída en desgracia de un inmigrante haitiano mientras es abatido por distintas formas de opresión en las calles de Santiago de Chile.

Pese a que lleva viviendo 6 años en el país, domina el español y tiene un trabajo y un techo, basta un explosivo primer acto de rebeldía frente al racismo de su jefe (Alfredo Castro) para que se desmorone una vida que parecía estable. Es una bofetada que le recuerda una cruel realidad: en un país como este, donde el racismo está tan extendido, nunca se podrá integrar totalmente.

Un video viral que lo muestra respondiendo con un derechazo a los insultos de su jefe, pronto deja a Steevens en la calle, sin sustento y sin el apoyo público de la propia comunidad haitiana, que prefiere renegar de él antes que regalarle una excusa a los chilenos para avivar una discriminación que ya por sí sola es insufrible.

A partir de ahí, Steevens camina solo. Cuando lo reconocen por el video, lo echan de una pieza que había contratado para pasar la noche sin devolverle el dinero. Y justo cuando cree haber encontrado una verdadera aliada en el camino, esta se aprovecha de su fragilidad para abusar de su cuerpo. Sólo halla consuelo en personas tan parias como él: jóvenes que pasan las noches trabajando como parquímetros y bebiendo catárticamente, gente cuyo único techo alcanzable es el de los albergues y –por supuesto- otros inmigrantes.

Las actuaciones son bastante consistentes, lo que impresiona dada la mezcla de actores profesionales (Castro, Gastón Salgado, Blanca Lewin) con actores naturales (entre ellos el mismo Benjamin, quien además tiene la obra de teatro “Trabajo Sucio” entre sus créditos). Y es justamente ese talento actoral lo que salva un par de hoyos en la historia (el incidente que dispara todo, por ejemplo, está pobremente establecido a nivel de guión pero Benjamin y Castro logran sacarlo adelante).

La película también tiene breves sketches que no sólo sirven de descanso de la historia principal, sino que son los únicos momentos en que los haitianos dejan de ser definidos en pantalla por su condición de inmigrantes. Aparecen sin mucho contexto, cantando música tradicional haitiana o bailando alguna canción de un compatriota (artistas como Bujimix Jerome y Los Haitianos del Sur están en el soundtrack), y la generosidad con la que abren su mundo interior resulta un bálsamo en medio de una cinta llena de dolor.

Como si fuera una road movie, “Perro Bomba” sigue a Steevens por cada rincón por el que pasa. Y en cada uno encuentra una expresión distinta del racismo: directo o disfrazado de “humor”, como cosificación o violencia estatal. Esto la hace principalmente una cinta educativa para chilenos: es un llamado a revisar qué tipo de violencia podríamos estar ejerciendo contra los inmigrantes, especialmente los afrodescendientes, y apela a hacer un cambio al respecto. Por algo se empieza.

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